Uso de dispositivos portátiles para prevenir brotes en personas con Crohn y colitis ulcerosa

La enfermedad inflamatoria intestinal (EII), que incluye la colitis ulcerosa y la enfermedad de Crohn, es una condición crónica que afecta el sistema digestivo. Uno de los mayores desafíos para quienes la padecen y para los médicos es la dificultad para predecir cuándo se va a producir un brote, es decir, una fase en la que los síntomas empeoran y la inflamación aumenta. Tradicionalmente, el seguimiento de la enfermedad se basa en síntomas referidos por los pacientes y en pruebas como análisis de sangre, heces o colonoscopias. Sin embargo, estas pruebas suelen hacerse cada cierto tiempo y no siempre coinciden con lo que siente el paciente.
Un estudio, realizado en Estados Unidos, buscó probar si los dispositivos portátiles —como relojes inteligentes— pueden ayudar a detectar cambios en el cuerpo que anuncien un brote de EII, incluso antes de que aparezcan los síntomas. Estos aparatos, que muchas personas ya usan para controlar su actividad física o el sueño, también pueden medir otros datos importantes como el ritmo cardíaco, la variabilidad de este ritmo, los pasos dados al día y la oxigenación de la sangre.
En el estudio participaron 309 personas con EII (algunas con colitis ulcerosa y otras con enfermedad de Crohn). Cada persona usó su propio dispositivo o recibió uno del estudio. Los aparatos utilizados fueron Apple Watch, Fitbit y Oura Ring, todos disponibles en el mercado. Además, los participantes respondían encuestas diarias sobre su estado de salud, incluyendo síntomas como dolor abdominal o sangrado rectal.
Lo que encontraron los investigadores fue muy prometedor: los datos recogidos por los dispositivos cambiaban significativamente antes de que comenzara un brote. En concreto, hasta siete semanas antes de que aparecieran los síntomas o los marcadores de inflamación se alteraran, ya se observaban señales en el cuerpo. Por ejemplo, el ritmo cardíaco en reposo aumentaba, la variabilidad del ritmo cardíaco disminuía (lo que indica estrés en el sistema nervioso) y las personas caminaban menos pasos al día. Estos cambios aparecían tanto en brotes con inflamación como en aquellos que solo presentaban síntomas sin inflamación activa.
Además, el estudio demostró que estos dispositivos no solo podían avisar con anticipación sobre un brote, sino que también ayudaban a distinguir si los síntomas que sentía una persona eran causados por inflamación real o no. Esto es importante porque en EII a veces una persona puede tener molestias sin que exista inflamación (lo que se conoce como actividad funcional), o viceversa. Poder diferenciar entre ambos casos puede evitar tratamientos innecesarios o permitir ajustes a tiempo.
También se observó que los dispositivos podían captar diferencias en los niveles de oxígeno en sangre, lo cual fue inesperado. Aunque los niveles de oxígeno eran apenas más bajos en momentos de brote, esta diferencia también ayudó a predecir cambios en la enfermedad.
Otro hallazgo relevante fue que todos estos indicadores funcionaban mejor cuando se combinaban. Al juntar varios datos (como ritmo cardíaco, pasos y oxigenación), los modelos estadísticos lograron una alta precisión para predecir brotes futuros, con buenos resultados incluso más de dos meses antes de que ocurrieran.
A pesar de lo positivo de los resultados, los autores reconocen algunas limitaciones. Por ejemplo, las pruebas de laboratorio que confirman la inflamación no se hicieron con una frecuencia fija, sino como parte del seguimiento habitual de cada paciente. Esto puede haber generado cierta imprecisión al definir cuándo exactamente comenzó un brote. Además, los dispositivos pueden verse afectados por otras condiciones de salud o por el uso irregular de los mismos, aunque se intentó controlar esto en los análisis.
Otro punto a tener en cuenta es que este tipo de estudios digitales, que se hacen de forma remota y con tecnología, suelen atraer a un tipo específico de personas: aquellas más acostumbradas a usar dispositivos y con mayor acceso a tecnología. Por eso, los resultados pueden no representar a toda la población con EII.
A pesar de estas limitaciones, el estudio abre la puerta a nuevas formas de seguimiento de enfermedades crónicas. El hecho de que muchas personas ya usen estos dispositivos como parte de su vida diaria hace más fácil su integración en la atención médica. Si se validan en otros estudios, estos datos podrían servir no solo para anticipar brotes, sino también para ajustar tratamientos, prevenir hospitalizaciones y mejorar la calidad de vida de quienes viven con EII.
En resumen, los dispositivos portátiles pueden ser una herramienta valiosa para el manejo de la EII. Permiten hacer un seguimiento constante y no invasivo del estado del cuerpo, con la posibilidad de detectar problemas antes de que se hagan evidentes. Aunque todavía se necesita más investigación, este estudio muestra que estamos un paso más cerca de una medicina más preventiva, personalizada y accesible.

Onofre Alarcón
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