Ponencia sobre esteatosis hepática

El pasado día 20 de marzo fui invitado por la Asociación Canaria para la Prevención del Riesgo Cardiovascular -ASCARICA- a presentar una conferencia sobre enfermedad hepática metabólicaesteatosis hepática– en el marco de su XX reunión en Santa Cruz de Tenerife

La esteatosis hepática metabólica (también llamada EHmet o más comúnmente hígado graso) es una enfermedad en la que se acumula grasa en el hígado, generalmente asociada a factores de riesgo como la obesidad, la diabetes tipo 2 o alteraciones del colesterol. Este término sustituye al antiguo “hígado graso no alcohólico” y refleja mejor su relación con problemas metabólicos. Dentro de esta enfermedad hay diferentes grados: desde una simple acumulación de grasa (la forma más frecuente), hasta formas más avanzadas con inflamación (esteatohepatitis o MASH), fibrosis (cicatrización del hígado) e incluso cirrosis.

El origen de esta enfermedad está en la acumulación de grasa en las células hepáticas, que supera el 5% del hígado. Esto suele ocurrir como parte del llamado síndrome metabólico. Esa grasa produce un estrés en las células, lo que desencadena inflamación y activa el sistema inmunitario. Con el tiempo, este proceso puede dañar las células del hígado y provocar cicatrices (fibrosis). Si la fibrosis progresa, puede acabar en cirrosis, que es una fase avanzada con deterioro importante del órgano.

Es una enfermedad muy frecuente. Se estima que afecta a entre el 25% y el 30% de los adultos en España, aunque también puede aparecer en niños. Es especialmente común en personas con diabetes tipo 2 (hasta un 70%) y en obesidad severa (hasta un 90%). Sin embargo, también puede presentarse en personas con peso normal. Aproximadamente un 20% de los pacientes desarrollan inflamación hepática, y un pequeño porcentaje progresa a fibrosis avanzada.

Para sospechar esta enfermedad, los médicos suelen fijarse en personas con diabetes, obesidad o alteraciones persistentes en las enzimas del hígado en los análisis. El consumo de alcohol también se tiene en cuenta para clasificar la enfermedad, ya que puede influir en el daño hepático. Curiosamente, los niveles de transaminasas no siempre reflejan la gravedad del problema, por lo que no son un indicador fiable por sí solos.

El diagnóstico se basa principalmente en pruebas no invasivas. La ecografía suele ser la primera herramienta, aunque tiene limitaciones, sobre todo para detectar formas leves o diferenciar entre tipos de enfermedad. Otras técnicas más avanzadas, como la elastografía (Fibroscan) o la resonancia magnética, permiten medir mejor la cantidad de grasa y el grado de fibrosis. Existen además índices calculados con análisis de sangre (como el FIB-4) que ayudan a estimar el riesgo de fibrosis, aunque no son perfectos y a veces pueden fallar.

La fibrosis es un elemento clave porque determina el pronóstico. Se clasifica en distintos grados, desde leve hasta cirrosis. Cuanto mayor es la fibrosis, mayor es el riesgo de complicaciones, tanto hepáticas como cardiovasculares, e incluso de mortalidad.

El tratamiento tiene como objetivo principal evitar que la enfermedad progrese y mejorar la calidad de vida. La meta ideal es reducir o revertir la fibrosis. Para ello, lo más importante es actuar sobre los factores de riesgo: perder peso, mejorar la alimentación, hacer ejercicio, controlar la diabetes y evitar el alcohol.

En cuanto a medicamentos, algunos fármacos utilizados para la diabetes han mostrado beneficios. Entre ellos destacan los análogos del GLP-1 (como semaglutida o liraglutida), que ayudan a perder peso y mejorar la inflamación hepática, además de tener beneficios cardiovasculares. También existe un fármaco más reciente, el resmetirom, aprobado para ciertos pacientes con enfermedad más avanzada, que actúa directamente sobre el metabolismo de la grasa en el hígado.

Otros medicamentos, como los inhibidores de SGLT-2, pueden ayudar a reducir la grasa hepática, aunque no han demostrado mejorar claramente la inflamación o la fibrosis. En cambio, tratamientos como la metformina, los suplementos o algunos fármacos tradicionales no han demostrado eficacia específica sobre el hígado en esta enfermedad, por lo que no se recomiendan como tratamiento principal.

La cirugía bariátrica puede ser una opción en personas con obesidad importante, ya que la pérdida de peso mejora la enfermedad, aunque no se considera un tratamiento directo del hígado. Eso sí, no está indicada en pacientes con cirrosis avanzada.

El seguimiento es fundamental. Se recomienda controlar periódicamente la fibrosis mediante análisis y pruebas específicas, con mayor frecuencia en los casos más avanzados. También es importante vigilar el control metabólico (glucosa, colesterol, tensión arterial) y fomentar hábitos saludables como dejar de fumar y mantener una dieta equilibrada.

Por último, hay que tener en cuenta que el aumento de peso, el empeoramiento de la diabetes o la presencia de varios factores metabólicos aumentan el riesgo de progresión de la enfermedad. De hecho, la diabetes tipo 2 es uno de los factores más importantes en la evolución hacia formas graves.

En resumen, la esteatosis hepática metabólica es una enfermedad muy común relacionada con el estilo de vida y los factores metabólicos. Aunque en muchos casos es leve, puede progresar a formas graves si no se controla. Por ello, la detección precoz, el control de los factores de riesgo y el seguimiento adecuado son claves para evitar complicaciones a largo plazo.

Onofre Alarcón